Navegando en el ancho mar de mis memorias, de mis lejanos y
no tan lejanos recuerdos, te encuentro a ti…
Aquel rayo de luz que me cegó inesperadamente; yo, inmersa
en mi mundo de “felicidad y color”, apareciste ante mí como una revelación.
Desde el primer momento supe que sería un error fatal, pero la serpiente de mis
sentimientos volvió a jugar conmigo… Y me hizo morder la manzana mortífera. Esa
manzana fuiste tú.
El veneno poco a poco comenzó a echar raíces en mi interior,
primero en forma de adrenalina cada vez que te veía, cada tarde que pasábamos
juntos. Luego en dudas, navegando sobre océanos irremediables de dolor e
impotencia, impotencia ante tus palabras, ante todos los “Te quiero” que me
susurrabas y yo no podía, o mejor dicho, no debía responder.
Cada una de mis venas latía fuerte y precipitada, ansiando
tu tacto sobre la dermis que la cubre. Mi corazón suicida ya estaba muy enfermo
de ti, de tu ser, y no encontraba cura alguna ante tal enfermedad.
Tampoco es que me esmerara mucho en querer curarme…
Hoy sonrío... sonrío entre lágrimas.
Lágrimas agridulces.
Agrias por el dolor que una vez sentí por ti… Y dulces,
porque ahora saben así tus besos. Mi mente no reacciona, mi corazón hace caso
omiso. Me has robado los sentidos y te has apoderado de ellos.
Sólo tengo olfato si percibo tu aroma a mi lado. Sólo tengo
vista si tus ojos se reflejan en mí. Sólo tengo gusto con el ardiente roce de
tu lengua. Sólo tengo tacto si tu vello se eriza al besar tu cuello. Sólo tengo
oído para tus “Te amo”.
La noche en la que tú y yo nos hicimos uno... La noche en la
que te entregué cuerpo y alma... La noche del ritual más hermoso que jamás
podré experimentar. Sentir cómo me derretía bajo nuestro sudor… Los movimientos
incesantes dentro de nuestra brillante oscuridad…
Si tras el final de esta noche no hubiera un mañana, iría a
buscarte. Correría a salvarte. Nos iríamos al lugar más recóndito del mundo y
allí permaneceríamos hasta que no vuelva a salir el sol.
Sólo para poder seguir amándote en la otra vida…
Seguir amándonos como hasta ahora…
La luna que nos observó aquella noche hoy se muere de
envidia.
Te amo.
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